“Dentro de algunos siglos, los arqueólogos, estudiando las ruinas de nuestra civilización, concluirán sin duda alguna, que Las Vegas fue un importante centro religioso, repleto de templos majestuosos, decorados con las ofrendas traídas por los peregrinos de todas partes del mundo."
Andrés Martínez, en su libro La Nueva Las Vegas.
Desde esta perspectiva Uruguay es una Santa Sede, llena de templos.
Lucrar con el azar está prohibido en varios países, incluyendo regiones de la vecina Argentina, pero en Uruguay es una política de Estado.
Incluso existe una Dirección Nacional de Casinos del Estado, cuya paradójica tarea es regular el azar. En los 176.215 km2 del territorio hay más de 1000 salas de juegos, a lo que se le suman hipódromos y casinos virtuales, y por su puesto la tómbola , la quiniela, el 5 de oro y un sinfín de espejitos más.
Es un negocio rentable, que sólo en el 2000 reportó más de 26 millones de dólares al Estado. Existen algunas iniciativas privadas en el sector, pero Casinos del Estado es en cantidad de salas el mayor proveedor de ilusiones.
Estados Unidos también apostó a los casinos como política de Estado y convirtió un desierto en la capital de una nueva industria altamente rentable: el juego. Las Vegas surgió de las arenas, como un oasis, plagado de espejismos. Apostadores sedientos de plenos, aportaron a esta región un enorme flujo de capital en constante crecimiento. Esta ciudad ofrece quimeras hasta en su urbanismo, y el turista puede volverse millonario en una tirada de slots, perder sus ahorros en una partida de cartas, visitar Venecia y Nueva York en una noche y contemplar un cielo estrellado en plena tarde.
La ilusión uruguaya también puede concluir en un millonario o un desalojado. Y a un portón de distancia del magestual Hipódromo de Maroñas el apostador enfrenta la marginalidad, la pobreza y la carencia.
Analizar los impulsos timberos de la población, escapa a mi interés, porque son tan variados e irracionales, como esperar al príncipe azul, matar el aburrimiento o seguir un palpito. Cual de todas las motivaciones hace al perfil del timbero? La pareja que juega unas fichitas en el Conrad, durante el verano, seguramente se justifica y aleja de ese estereotipo: "jugamos y paseamos un rato, pero solo para divertirnos, no somos compulsivos, ni viciosos". La apuesta es un mecanismo irracional, por tanto siempre es compulsiva. Y la adicción al juego se perfila entonces como la pauta limitante entre "tener problemas" y ser un apostador inofensivo.
Cómo medir la intensidad de esta adicción? Si uno vive en las Vegas del Sur, indefectiblemente pasa por la puerta de la tentación al menos mensualmente, o arma una penca en el trabajo, o tienen que comprar una rifa de arquitectura al vecino, e involuntariamente va convirtiéndose en un apostador. El cuerpo no le pide apostar, pero la sociedad lo compromete a jugar. Si a estos cumplidos se le agrega alguna partida de tómbola o de quiniela, porque soñó el número y un paseito al hipódromo, estamos frente a un adicto?
Sin embargo, en una sociedad timbera, solo se tildan de problemáticos los casos en que uno apuesta hasta los calzones, o vive en el Parque Hotel. Pero esta clasificación es elitista. Hay gente que puede perder el valor de tres casas antes de tocar sus calzones, entonces no se evidencia su "problema". Y tener la VIP del Conrad y alojarse gratis es deslumbrante, pero estar toda la madrugada en el Parque Hotel y conocer hasta el nombre de los groupiers es preocupante.
Hasta la tele, ese gran difusor de cultura, emite partidas de pócker en vivo por ESPN. El público de esa emisión (si está en el aire , hay espectadores) sentirá la misma adrenalina que en un partido de fútbol o copiará estrategias para su propia timba, o simplemente haciendo zapping se quedó sin pilas el control remoto?
Es difícil, sino imposible no jugar. Como el bebedor social no puede negar un brindis, el apostador involuntario tiene que comprar rifas. Evitar cruzarse con una sala de juegos es excluirse en su casa, porque hasta el almacén de la esquina tiene maquinitas de azar o sorteos de canasta. El casino es el más indefenso de los vende quimeras, porque la víctima entra en busca de juego y no por un kg. de papas. Sin embargo, los quioscos, los supermercados y los shoppings atraen consumidores y los convierten en timberos
ANTECEDENTES.
En el siglo pasado, hasta la década del 50, los Casinos en el Uruguay eran explotados por particulares.
Hasta el año 1992, los Casinos se mantuvieron exclusivamente en la órbita estatal, puesto que, en ese año, formalmente, se autorizó el único emprendimiento privado, que hoy existe y que se habilitó en 1996.
UTILIDAD BRUTA EN DOLARES
1996 - 7.254.239
1997 - 11.873.447
1998 - 15.105.507
1999 - 19.905.829
2000 - 26.332.685
MpR2.-